La Ciudad de México ardió desde el primer segundo. Antes incluso de que Bad Bunny apareciera, el Estadio GNP Seguros ya era un hervidero: humedad pegajosa, luces que cortaban la oscuridad y miles de cuerpos listos para perder la razón. Y cuando sonó La Mudanza, el caos se desató con una precisión tan delirante que parecía coreografiado por el universo mismo.
El “perreo colectivo” tomó forma: un mar de caderas, gritos, adrenalina vaporizada y un público que se movía como si la noche fuera un ritual sagrado. Así inició el primero de los ocho conciertos del Conejo Malo en la CDMX, parte de su esperada gira Debí Tirar Más Fotos.
Un viaje frenético entre dos mundos
El show arrancó con una ráfaga de temas que no dieron respiro: Pitorro de coco, Turista, Baile inolvidable, Nuevayol, entre otros.
Entre una canción y otra, el público estallaba cuando aparecía el irreverente Sapo Concho, que se volvió cómplice perfecto del descontrol colectivo.
Luego llegó el momento más entrañable de la noche: La Casita, la réplica de una casa típica puertorriqueña que Bad Bunny instaló en un segundo escenario. El gesto detonó una nostalgia caribeña que se sintió incluso en quienes jamás han pisado Puerto Rico.
Dos escenarios, miles de voces y cero aliento
Desde Veldá hasta Tití me preguntó y Neverita, la multitud cantó con una fiereza que dejaba claro algo: Bad Bunny no solo convoca, transforma.
La versión techno de Si veo a tu mamá levantó el estadio completo, mientras que Yo perreo sola, Efecto, Safaera, Diles, Mónaco y la canción sorpresa Te deseo lo mejor hicieron temblar el piso.
El cierre fue casi místico: Ojitos lindos, La canción, Dákiti, Tarot, No me conoce, Cómo se siente y El apagón iluminaron la última etapa del concierto entre luces, sudor y gargantas exhaustas.
Fanáticos extremos, acampes y viajes imposibles
Para muchos, estar ahí no era un lujo: era una misión.
Fans que viajaron desde Tijuana, Chiapas o incluso otros países; jóvenes que acamparon hasta 72 horas antes; grupos disfrazados y maquillados; y familias completas que no querían perderse el fenómeno del año.
Bad Bunny cerró 2025 como el artista más escuchado del mundo, con más de 19 mil 800 millones de streams solo en Spotify. Y su gira seguirá creciendo por América Latina, Europa y Oceanía en 2026.
Una derrama millonaria y un estadio a debate
Aunque la fiesta fue monumental, la logística generó controversia. Ocesa modificó zonas del estadio, habilitó nuevas áreas y abrió la posibilidad de reembolsos. Algunos reclamaron; otros celebraron los cambios.
Lo cierto es que el movimiento económico que deja este fenómeno es gigante: más de 3 mil 228 millones de pesos en derrama, hoteles casi llenos y más de medio millón de asistentes previstos para toda la serie de conciertos.
Una noche que dejó huella
Cuando la última canción sonó, el Estadio GNP era un océano de luces y vapor. La gente salió con el maquillaje corrido, el cabello húmedo y la voz quebrada, pero con la certeza de haber vivido algo que no se repite:
una experiencia que huele a Caribe, suena a euforia y se siente como un nuevo corazón latiendo en la capital.





